Capítulo primero

PRÓLOGO

-Mami, mami, huele mal, mami, huele a fósforo, mami, no me gusta, mami.
-Cállate y deja de decir idioteces.
“Si puedo oler algo que tú no hueles, ¿por qué no puedo sentir algo que tú no ves?”
Pensamiento de Grigoriy Smyrnov a los 8 años de edad, abriendo los ojos de forma intensa tras recibir una bofetada de su madre.

PRIMERA PARTE: El Horror

¡Fueron momentos duros!, sí muy duros. Pobre Grisha, pobre alma contemporánea, alma seca, muy seca.

Capítulo 1: La vida pasadaBoceto Portada La sombra de la existencia 1

Grigoriy, «bueno, me podéis llamar Grisha, como prefiráis», se encontraba en una situación muy decadente, atrofiada y disminuida, aunque para las personas que lo juzgaran desde el exterior bajo una perspectiva convencional su vida fuera idílica, placentera, fuera una vida social. «Sí, mi vida era muy común, muy agradable y ordenada, una vida en la que el vacío provocado por la comodidad de tenerlo todo bajo control me provocaba una gran angustia que me inducía hacia rabiosos remordimientos, feroces culpas de afiladas uñas». Buen trabajo, una bonita novia y una familia con mucho dinero, «bueno, mi familia, mis padres, de ellos germinó un niño maldito, un hijo que solo les agradece que me educaran trastornado, yo me trastorné invirtiendo sus maneras, su conducta, para al final ser como soy», sí, en definitiva, como iba diciendo, dinero, trabajo y amor que avalaban una existencia que se suponía debía de llenarle por completo, debía de colmar todas sus expectativas, «expectativas que posteriormente despedacé y pisoteé danzando alegremente sobre ellas; ¿bailas?».
Y como si de una balsa surcando un sereno río se tratara, dejándose llevar por una ligera corriente «una pringosa, pegajosa y desesperante corriente como me di cuenta después», Grigoriy tan solo debía mantener un rumbo adecuado ya marcado por tantos y tantos años de continuo cambio generacional, por tantas vidas que como cada gota de agua fueron buscando la forma más cómoda de llegar a su fin, a su mar, sorteando obstáculos y abriendo el sendero para que otras personas se encontraran el camino ya recorrido. Años pasados durante los cuales había quedado bien trazado el cauce a seguir para vegetar sin contratiempos, sin ningún tipo de tormenta o rápido traicionero. Todo sencillo, todo fácil, todo muy razonable.
Era barquero de una vida bien tallada construida con madera de buenísima calidad que jamás le llevaría a hacer aguas; tenía entre sus suaves manos un rígido timón, firme y resistente, válido para mantener el rumbo indicado en el mapa, rumbo que tan solo variaría ante las pequeñas rocas que en algún tramo encontrara. Grisha vagaba en un continuo bajar-hacia-lo-ya-esperado. «Sí, y me aburría mucho, de eso me daba cuenta, pero no llegaba a masticarlo, no sentía de veras el absoluto tedio y asco redentor que luego me acometerían. En realidad creo que me dejaba llevar por indolencia, por apatía, o quizás por miedo a dejar de avanzar, sí, avanzar, todos debíamos de ir hacia delante sin parar, nunca detenerse, eso sería abandonar». Ya le habían ilustrado lo suficiente sobre los caminos a escoger en caso de que el río se bifurcara, adiestrándolo además en todas las técnicas para posibles contratiempos. «Pues claro, todo bajo control, calabozo de cristal sin adversidades, ya en esos momentos me sentía apresado dentro de una inmensa red muy limitada aunque siempre segura, siempre rodeado de gente como yo, todos igual de sanos, mucho, muy sanos, deambulando por un escenario aséptico, higiénico, muy sano». Poseía nuestro personaje las herramientas, el conocimiento y los medios suficientes como para ser feliz, ser feliz plenamente, ser afortunado y hacer que los demás disfrutaran de su dicha. Sé feliz, la dictadura de la felicidad es tu mejor arma, tu mejor aliada.
«No puedes estar siempre tan triste. No tienes derecho a quejarte», pensaba Grisha. «La vida te sonríe. Tienes dinero, tienes amigos, tienes una preciosa novia que te cuida y un trabajo por el que la gente mataría. No tienes derecho, no, ¿o sí? Comienza a hacer menos calor, tengo que sacar las chaquetas del armario, odio esas camisas y esas corbatas, qué pereza, no tengo espíritu para levantarme, Gog sí que sabe, él nunca usa traje. Debería darte vergüenza sentir ese vacío, esa desgana por vivir una vida que a muchos otros les gustaría disfrutar. Ahí está mi madre, acaba de llegar, se lamenta por algo, su voz penetra en mi ánimo y lo contrae, lo arruga, lo infecta. Sí, realmente es verdad, no debo de quejarme, ¿o sí? No tienes derecho a estar triste, tienes todo para ser feliz. Sí, sí que lo tengo, aunque me crea desgraciado, aunque sienta esa opresión en el pecho, y aunque a veces el aburrimiento circule por todo mi ser agarrándose como cal por todas mis venas, tengo todo lo que la gente necesita para considerarse realizada. Me pica la barba, me voy a afeitar, y mi estómago ruge, pero no tengo hambre. Debo de luchar contra este hastío, esta desgana que casi siempre domina mi pecho. ¿Cuándo me dejarán los dos tranquilo?, ahí están otra vez peleando, qué golpes da papá en la mesa, la va a reventar, seguro que estará demás echando espumarajos por la boca, recuerdo de niño cuando mi madre me ponía entre los dos a modo de parapeto en sus peleas, se empujaban y yo lloraba. Soy una mala persona sin duda, en vez de dar gracias por todo lo que tengo, tan solo me dedico a soñar y divagar, a buscar en no sé dónde muy bien el no sé aun el qué, sin valorar el presente, sin valorar las facilidades que la vida me ha brindado. Voy a echar la persiana, entra demasiado sol. Levántate y sé fuerte, mira a tu alrededor y deja de preocupar a tus personas queridas con fatuos pensamientos impuros, y deja de juzgar a tus padres, te quieren a su manera. Sí, pero lo que pienso no se corresponde a lo que siento. Me lo digo y me lo creo, realmente lo creo, creo que tengo que ser feliz, que si no soy yo quién lo será. Demasiada responsabilidad esta de ser feliz, recae sobre mí una carga muy pesada que no me deja opción a sentirme mal, y sin embargo este mismo compromiso con la felicidad es el que creo que no me deja serlo. ¡Basta!, ya comienzo otra vez a divagar, ya comienza mi cerebro a expresar sensaciones extrañas. Otro portazo, un día se cae la casa abajo, más chillidos, siempre por los mismos motivos, qué animales, ¡qué asco me dan, cuánta infamia contenida en esas cabezas! Sí, pero quizás esas sensaciones son las que de verdad importan, es como si yo fuera dos, como si dentro de mí existiera otro ser, otra entidad antagónica, inversa como cuando me miro al espejo y me veo, soy yo, pero al contrario. Tengo que hacer el informe a Mr. Cubo, si no cuando llegue a la oficina me matará, aunque ojalá me echaran del trabajo. Ser feliz, qué gran idea, qué gran tarea. Ojalá no tuviera que serlo, ojalá pudiera ser simplemente yo y mi melancolía. Ahora llora desconsoladamente mamá, cómo se puede llorar tan alto, hasta para llorar grita, pero espera que vuelve a la carga, más golpes en la mesa. ¡Pero soy yo!, no ves que hablas contigo mismo, no ves que eres tú el que razona, el que se enreda en una maraña de estupideces. Sí, deben de serlo, deben de ser rarezas de un carácter que debo de esconder e intentar modificar. Bueno no el carácter, ya que todos dicen que soy abierto y agradable, no sé qué es, pero algo debo de modificar, intentar contener estos efluvios, estas emanaciones en forma de raras ideas que parece que erupcionan desde dentro de mí y acaban dando vueltas por mi cabeza. Es fácil pararlos, es fácil no hacerles caso y ser racional. Venga, deja ya todo esto, respira profundamente y llama a P».
Había pasado por malos momentos, por traicioneras aguas turbulentas que le habían hecho madurar y ser más fuerte, pero ahora se encontraba en un calmado y amplio río de tranquilas pero viscosas aguas, lentas, muy lentas, densas y pegajosas, muy pegajosas, que lejos de darle la satisfacción esperada, le originaban una continua tristeza unida a una gran aflicción. «Sí, de hecho ahí ya empezaba a no darme miedo hablar conmigo mismo, dejé de pensar que estaba loco y dejaba fluir esas conversaciones; qué curioso es pensar que hablar solo es considerado locura, no te dejan conocerte y si lo intentas eres un hereje, un desequilibrado. Bendita locura».

Sombras 3
Grisha no quería ser barquero de semejante vida, no deseaba tan solo contemplar el paisaje y múltiples remordimientos le atacaban en forma de continuas jaurías como lobos enfurecidos, que sin escrúpulos y sabiendo que su presa está rendida y agotada, le mordisqueaban una y otra vez su conciencia, desgarrándola y haciéndola sangrar hasta dejarla prácticamente moribunda. Hastiado, atormentado y lleno de dolor, Grisha no encontraba otra forma de sentirse algo mejor que mirando hacia atrás, viendo cómo otras personas que bajaban otros ríos más tormentosos con barcuchas débiles o sin ningún tipo de embarcación debían de echar pie a tierra y avanzar entre dificultades de todo tipo. Pero la felicidad no se consigue por comparación ni por descarte, no, no, ni siquiera se consigue, solo se decide un día ser feliz. «Claro, ahora es fácil, lo veo con claridad, con ojos en el pecho, pero antes, desde el agujero, es imposible ver lo que hay fuera, los ojos llenos de fango no te dejan observar nada que no sean tus manos y tus pies». Él iba tranquilo y debía de sentirse bien, debía de sentirse al menos mejor que los pobres desgraciados que luchaban en una vida llena de obstáculos; iba sin remar apenas, contemplando cómo otros sudaban, se hundían, se ahogaban o incluso se daban la vuelta e iban contracorriente, y sin embargo dentro, muy dentro de su mirada, un sentimiento de envidia, celos y morboso deseo brillaba en sus negras pupilas, abrasando por dentro todos sus pensamientos, que extrañados y confusos no daban crédito a ese ilógico deseo de ser desgraciado, de querer sufrir y pasar necesidades, de sentir desgracias y penurias, sentir privaciones y calamidades, sentir perjuicios y lesiones; de sentir al fin y al cabo, de sentir fuego en su interior, de percibir palpitaciones ya olvidadas, sentir sorpresas incomodas o sinsabores, sentir que estaba vivo, libre de algo que le hacía estar en un continuo fluido mantecoso. «Todo es genial, todo está bien, todo cuadra, todo se repite y se adapta a mis necesidades, se repite porque es lo que necesito para ser feliz, para estar a gusto». Y sentía miedo cuando algo cambiaba, como si la vida se pudiera controlar hasta ese extremo, como si la vida tanto interior como exterior no fuera cambiante. Experimentaba Grisha esa opresión de la felicidad fatal, de una felicidad basada en subyugar el entorno haciéndolo como tú quieres que sea, hecho que le llevaba por un lado a experimentar un constante agobio y por otro un continuo vacío. Es como si dos fuerzas chocaran, el espíritu interior de Grigoriy y el mundo exterior (que aún no era “su” mundo exterior), y ambas fuerzas, en vez de aprovecharse una de la otra, llegaban a una especie de pacto implícito en el que la disminución de poder era el eje central del acuerdo. Porque si no ves la evolución del entorno, si no ves lo bueno que hay fuera de ti, de tus pensamientos, ideas y principios, si no dejas que ese mundo exterior explote dentro de ti y te reviente las entrañas, tú mismo no serás nada, no serás más que lo que los demás quieran que seas, y podrás ser feliz, muy feliz, pero estarás muy poco vivo. «Estoy de acuerdo, y es que la vida tan solo se saborea, tan solo la saboreé, cuando fui consciente de que no era un estatus inerte, de que no era algo inmóvil y estático, de que hay no-vida, entonces es cuando se activaron mis papilas gustativas animales al darse cuenta de que ese sabor puede durar poco, de que esa sensación puede acabar ahora, la sensación de la vida, es decir, la sensación de que podemos morir». Claro, es entonces (desde la visión inmaculada de la debilidad, la exposición al peligro, el miedo o la soledad) cuando verdaderamente activamos todos nuestros sentidos, y como si de un manjar extremadamente caro se tratara, disfrutamos de la vida, nos preparamos para saborearla y ponemos todo nuestro empeño en que nos sepa bien. «Sí, fíjate que no hay más que pensar en un condenado a muerte, su tiempo se estira como el chicle, sus últimos días se hacen semanas, sus últimos minutos los siente como si fueran años, y sus últimos instantes los vive como pequeñas eternidades, siendo su último segundo antes de morir un tiempo inmóvil, una infinita perpetuidad en la que siente más vida que nunca, ocurriendo en ese último momento el abrazo a la muerte, momento en el que el inicio y el fin, la vida en toda su intensidad y la muerte se dan la mano, como paso previo a una oscura y eterna inexistencia. Por tanto ahí, en ese hueco intervalo, dos eternidades se saludan y se enlazan, el eterno segundo vivido final, y el eterno desparecer para siempre».
Todo esto hacía mella en su temperamento, que sin ser exactamente sombrío, sí daba a entender para aquel que le mirara de cerca, le mirara más allá de su dialéctica y su forma de actuar, que Grisha era un árbol marchito, era solo fachada, era una pobre construcción de pilares y aristas que agrupaban dentro de sí un enorme volumen, pero solo de aire, no conteniendo nada en su interior, templo vacío muy bien decorado hacia fuera en cuyo seno las mohosas paredes se desquebrajaban a un ritmo muy acelerado.

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