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Capítulo 15: El sueño de una noche de Otoño (en tres actos)

Primer ActoBoceto Portada La sombra de la existencia 2

Echado sobre un majestuoso sofá amarillo, el aire acariciaba mis mejillas con una suavidad y dulzura exquisitas. En frente, una gran puerta de cristal se abría hacia una soberbia terraza de suelo arcilloso desde donde se podía contemplar una espectacular panorámica de toda la ciudad. El reflejo de los rayos del sol al atardecer en las ventanas de los altos rascacielos confería un matiz dorado, un filtro áureo que inspiraba una gran vitalidad y fortaleza a todo aquel que lo contemplase. Todo el ático, incluida la vista de la terraza, me otorgaba una gran autoestima, una gran sensación de autoafirmación y una felicidad inspirada en la confianza de hacer lo correcto.

Me encontraba en una tercera planta de una pequeña casa a las afueras de la ciudad, encima de una gran loma. Era extraño que la azotea fuera de arcilla y que tuviera dos grandes dragos, uno a cada lado a mitad de la terraza, que como hongos atómicos se elevaban más de quince metros sobre el suelo. ¿Cómo podría la casa absorber sus raíces, que seguro serían mayores aún que el propio árbol? En la copa de cada drago se posaba un enorme pájaro multicolor, que a mi paso agachaba la cabeza haciendo una reverencia, y cuando entraba a la habitación desplegaba sus alas exponiendo su dorado pecho, dentro del cual se podía distinguir un luminoso símbolo del dólar.

Dentro, en la residencia, todo era lujo y comodidad, sobre todo mucha comodidad. Un par de inmensos cuadros que representaban a dos familias numerosas  adornaban una de las paredes, de los cuales sobresalían dos largas cuerdas de flores que se unían en una especie de escultura que parecía representar a una diosa gozosa sobre cuya cabeza elevaba con ambos brazos un enorme libro dorado. Su cara era de un inmenso placer, parecía que no le costaba sujetar ese libro, era como si en realidad lo estuviera recogiendo del aire.

Echado en el sofá notaba como mis dientes delanteros iban creciendo poco a poco, cosa que no me preocupaba especialmente, pero sí me hacía sentir un tanto extraño. Me los tocaba y me reía, reflexionando sobre cómo iban a reaccionar en el trabajo cuando me vieran llegar con semejantes paletas.

Me levanté y fui hacia el mueble bar que tenía cerca de la televisión a servirme una copa, cuando de pronto escuché un sonido que provenía de una pequeña puerta en una de las esquinas de la habitación, la cual nunca había visto. En realidad eso me hizo cavilar que realmente pasaba demasiado tiempo en aquella parte de arriba y que no aprovechaba el resto de la casa. Simplemente nunca me había parado ni siquiera a especular sobre si existían otras plantas. Bueno, en realidad era lógico pensar que estando en un tercer nivel había otros dos debajo de mí, pero era algo que sencillamente estaba en mi cabeza pero nunca terminé de analizar. Me encontraba allí porque me sentía bien, a gusto, satisfecho, y por tanto a nada más necesitaba. Tenía bajo mi cargo, entre otras personas, a dos mayordomos que me servían la comida e incluso me lavaban el cuerpo y mis enromes paletas. No se me debía ni tan siquiera pasar por la cabeza queja alguna, aunque en mi interior, en lo más profundo de mi ser, había una pequeña chispa, pequeña pero muy ardiente, que me hacía querer otras cosas distintas a las que tenía. ¿Por qué, si lo que tengo es a lo máximo que se puede aspirar en términos de bienestar y satisfacción personal?

Abrí la puerta mientras me ponía en cuclillas para poder atravesarla y tras andar dos metros hallé una gran escalera de mármol que bajaba hacia la primera planta. Allí encontré un escenario totalmente diferente, con muebles más viejos y despintados, colocados de una forma extraña, ya que no todos estaban alineados con las paredes y entre ellos no regía una elemental norma de simetría.

Comencé a asustarme, pero al mismo tiempo mi curiosidad hacía que no sintiera deseos de abandonar la habitación. Pensé que al día siguiente debía llamar al servicio para adecuar esta estancia, de manera que pudiera servir como salón de juegos. No podía entender por qué no había bajado allí nunca, por qué no se me había ocurrido llevar allí a todos mis empleados, y junto con ellos, reformar y adaptar todo ese piso a las comodidades de la planta superior, para así tener aún más espacio en la casa. Me quedé un segundo pensando en todo el séquito de personas que allá arriba me daban todo lo que quería, agasajándome con mil cuidados y melindres, millones de finezas e innumerables bienes materiales. Todo lo que quería ellos me lo daban y sin embargo aquí abajo mi entendimiento me hizo verlos como verdaderos carceleros, como auténticos amamantadores que con todos sus agasajos y con toda su protección me tenían encerrado en una jaula de oro. ¡Por qué pienso esas cosas!, dije mientras me rascaba la cabeza.

Suspiré profundamente extrañado por mis reflexiones y seguí investigando aquel nuevo escenario que me rodeaba. Las paredes estaban deformadas y en ciertas zonas se podían contemplar parte de las raíces de los dragos plantados arriba, algunas de las cuales, al tener capilares puntiagudos que sobresalían de la pared, eran utilizadas como soporte para algunos cuadros, cuyas formas eran de todo menos cuadradas, siendo algunos redondos, otros triangulares, y los más lejanos a la escalera ni siquiera tenían ya una forma geométrica conocida, simplemente estaban formados por unos márgenes sin sentido que conformaban un espacio interior donde se hallaba la pintura. Quedé observando algunos de ellos y vi que se trataba de una colección de curiosos cuadros de personas con rostros de animales. Al pasar delante de ellos la forma humana se movía levemente y emitía un sonido característico del animal, cosa que me produjo un pequeño sobresalto al principio, pero que luego me terminó por agradar. Las aristas de las paredes parecían así mismo deformadas, no eran del todo perpendiculares al suelo, provocándome una gran incomodidad. Todo parecía plegarse sobre sí mismo y conforme avanzaba, la habitación se iba convirtiendo poco a poco en un largo pasillo en el que no se veía ni el principio ni el final.

Antes de continuar eché la vista atrás y vi una escultura que me pareció muy familiar. En efecto, ahí se encontraba la misma diosa que había visto en la planta de arriba, pero en esta ocasión su cara ya no era de gozo, sino de dolor, de tremendo esfuerzo al tener que sostener una enorme losa, en lugar del libro que antes con tanta soltura alzaba. Los ojos ensangrentados junto con la gran cantidad de venas y tendones que sobresalían de su piel, le daban un aspecto de extrema tensión y ansiedad. Además, los lazos de flores que antes salían de su cuerpo ahora eran cadenas doradas que estaban unidas a los, en apariencia, mismos grandes cuadros, pero que en esta ocasión representaban a un cristo crucificado sobre un gigantesco símbolo del dólar. Los ojos de la diosa, repletos de rojizos capilares, giraron y se quedaron observándome mientras temblaban.

Miré de nuevo hacia delante y comencé a caminar mientras me percataba que el pasillo se estrechaba por momentos, y aunque intentara andar lo más rápidamente posible, mis piernas no me respondían, eran muy pesadas y me costaba mucho moverlas. Las paredes cada vez más cercanas estaban llenas de relojes, relojes de todo tipo cuyas manecillas iban descompensadas. Ningún tictac era igual, ningún reloj medía de la misma forma el tiempo, todos sonaban, pero la distancia entre los tics era muy diferente. El tiempo es elástico, pensé. Una enorme ventana apareció entre los relojes. Quise pararme, pero mis piernas siguieron su pesado y lento caminar. Aun así pude distinguir dentro de ella una asquerosa habitación con las paredes ensangrentadas con letras de todo tipo, entre las que puede leer “Rosalbina te ama” y una anciana muerta bajo los pies de una persona caída sobre un sillón, al que no se le veía la cara, pero se podía distinguir que emitía algo de luz, como una especie de silueta. De repente se abrió ante mí una trampilla y sin saber muy bien cómo ni porqué me abalancé hacia ella. No es que cayera, fue algo querido aunque no del todo consciente.

Súbitamente me encontré en lo más profundo de la mansión, una especie de sótano mugriento con forma de cueva, cuyas paredes estaban únicamente formadas por enormes raíces entrelazadas de un rojo muy intenso, que se movían rozándose unas con las otras, provocándome un intenso mareo. El suelo estaba lleno de garrapatas y un intenso olor a fósforo comenzó a rodearme. Una gran sensación de descontrol invadió todo mi cuerpo. Era como si de repente todo aquello que había conocido no sirviera ya para nada, mi ser había entrado en una espiral de profunda negación y me estaba asustando más y más a cada paso.

sombra 2

Las raíces adoptaban formas femeninas, que iban brotando y desvaneciéndose conforme cambiaba la configuración de las paredes, pareciéndome ver además cadáveres sonrientes destripados junto a niñas desnudas, una de las cuales dejó de jugar con los intestinos de uno de los cuerpos inertes (pero vivos) y girándose, sobresalió su cuello de la pared quedando su cabeza a tan solo medio metro de mí. Me miraba, temblorosa, chorreando sangre. Comenzó lentamente a acercarse más, iniciando un lánguido y oscilante movimiento hacia mi pecho. Dos enormes ojos quedaron fijados en mi corazón. Quedé paralizado, inmóvil y aterrado, con ganas de gritar pero mudo, cuando repentinamente la informidad aquella comenzó a decir, sin dejar de mirar a mi corazón:

-“Oh amor, ahora tú eres el que mandas, aquí tú eres el dictador, toma la venganza que tanto tiempo llevas planeando. Oh amor, sometido y vilipendiado, acorralado por estultas normas, perseguido por miserables y mezquinas reglas morales, enjaulado por éticas y costumbres, miedos y envidias”.

Una larga lengua comenzó a lamer mi pecho, de donde comenzó a salir una especie de quiste que empujaba y estrujaba mis costillas, costillas que lentamente se iban desquebrajando a medida que la cabeza de la niña me seguía hablando y lamiendo. Lo más extraño de todo es que no sentía miedo, tan solo me dejaba llevar, observando con curiosidad cómo mi pecho aumentaba cada vez más su volumen.

-“Oh amor, mi corazón, tan valiente y tan inmenso que das miedo a la muchedumbre, estás lleno de pasión y de deseo de dominar. Tu fuerza es tu miseria, tu simpleza y pureza son tu escarnio, tu valentía la llave de tu celda. Oh amor, sal y lucha, lucha por ellos, no te conformes en esa celda oscura. Oh amor, oh corazón mío, no se dan cuenta de que no les conviene tenerte ahí enfadado, porque cuando desesperas, menos veces de las que debieres, oh amor, cuando desesperas y pataleas les creas una incertidumbre y malestar infinito. Oh amor, un solo suspiro tuyo provoca un inmenso vacío en ellos. Amor, amor, amor….no puedes dejar que esto continúe así, levanta la cabeza, abre tu verja destruyendo esas costillas y hazle ver que necesitáis que tú tengas tu hueco, que tú debes de desarrollarte y expandir tus deseos, propagar más allá tu voluntad de poder, de querer, de poseer, de vivir para que de esta forma, oh amor, ambos seáis felices”.

La impresión provocó que se comenzaran a desmoronar mis dientes en una forma totalmente descontrolada, ya que caían muchos más de los que pudiera tener ahí enganchados. El enorme quiste de mi pecho fluía vigorosamente, haciendo crujir mis costillas, que sonaban como ramas astilladas bajo el peso de un firme caminar.

-“Oh amor, ya sé que en el equilibrio está la virtud, ya sé que si dejas escapar toda tu voluntad tan solo cambiaremos de forma el problema llevándolo hacia una brutalidad animal igual de absurda que la actual sequía emocional que ahora nos acontece,…pero amor….te entendería, sí, sabe Dios que te entendería si ahora desgarraras ese pecho, si salieras de él dando rienda suelta a toda la barbarie que llevas dentro. Nadie ha consentido entenderte amor, nadie se ha acercado a ti, y desde el más absoluto temor te han rechazado sin intentar conocerte, comprenderte, asimilarte como parte fundamental del ser. Malditos inválidos emocionales, maldigo su miedo enfermizo hacia ti. No son capaces ni siquiera de mirarte a la cara, de intentar entenderte porque son unos enfermos, amor, sí, unos enfermos. Los que más te acorralan más contagiados están de ese mal llamado moral, llamado dialéctica, llamado razón. Estos anacoretas son incapaces por su constitución, sí amor, son incapaces de hacer de ti una virtud, ya que te rechazan al no sentirse capacitados de controlarte, porque si tan siquiera te miraran a los ojos se volverían locos de pasión y deseo. Amor, explotarías en sus manos, y por eso te asfixian”.

Me eché la mano a la boca para intentar parar esta hemorragia dental, cuando de pronto el tumor que había en mi interior comenzó a empujar más y más hacia afuera, provocando que mi pecho se hinchara y mi cuerpo se estremeciera inclinándose totalmente hacia atrás. Solo veía el techo, rojo y lleno de raíces en movimiento cuando el tumor, desgarrando músculos y astillando costillas saltó fuera de mí en forma de gran bola negra viscosa, que comenzó a rodar hacia delante, girando en una de las esquinas.

Paralizado miré hacia mi pecho, temeroso de ver fluir sangre, pero mis manos no mostraron nada fuera de lo normal, de hecho mi ropa estaba intacta.

Giré la cabeza hacia la esquina por donde había rodado el tumor y vi a una forma medio humana. Un ser de diminutas proporciones con cabeza de rata y cuerpo de enano jorobado, que me miraba con los ojos azules muy abiertos. Tornaba a ver solo media parte de su cara, sobresaliendo de ella unos largos bigotes de gato y una mano que agarraba la esquina con sus largas pezuñas de jabalí, mientras todo su cuerpo se tambaleaba. Era la viva expresión del temor y el miedo y al percatarse de que yo lo había visto retrocedió lentamente.

Me acerqué con miedo, me daba mucho asco contemplarlo, y al llegar a él, sus ojos se hicieron aún más grandes al decirme con una desgarrada voz:

-“Solo cuando me veas bello serás feliz”.

Segundo Acto

Me eché hacia atrás sobresaltado, provocando con este brusco movimiento que el extraño ser se agachara encorvándose sobre sí mismo, como si esperara recibir una buena paliza. Al sobreponerme volví hacia él, que inmóvil, seguía agachado temblando, parecía una especie de armadillo, mirando hacia el suelo mientras emitía extraños y penosos quejidos.

Ambos estábamos aterrorizados, pero daba la sensación de que él sentía más miedo, cosa que no comprendía ya que era yo el que estaba en tierra hostil, en su territorio, solo y completamente indefenso.

Bajé uno de mis brazos y con extremo cuidado lo fui acercando a la barbilla del infraser, cuyo cuerpo se estremeció al notar el contacto con mis dedos, que poco a poco fueron ejerciendo una pequeña presión para intentar elevar la cabeza hacia arriba.

Tembloroso e inquieto levantó su gran cabeza medio calva y llena de ronchas y mientras miraba hacia arriba pude de nuevo observar sus preciosos ojos azules que me escudriñaban transmitiendo una energía que no correspondía con su estado general, asustadizo y temeroso.

-¿Quién eres?, le pregunté.

-Soy tú, me contestó.

-No puedes ser yo, eso es del todo imposible. Yo estoy aquí de pie, observándote.

-Estás delante de un espejo, me contestó él, mostrando cada vez mayor seguridad en sí mismo.

-Eso es imposible. Te he tocado, eres distinto a mí, no te pareces en nada. ¡No eres mi reflejo! Además, nada se interpone entre nosotros.

-No soy tu reflejo, ya te he dicho que soy tú. Y sí, si hay algo que se interpone entre nosotros, algo que hace que ninguno de los dos seamos felices. Tú y yo, o mejor dicho yo y yo, jamás nos encontraremos bien conmigo mismo de la forma en la cual ahora vivimos.

-No entiendo nada, contesté mientras le seguía observando, y me iba poniendo cada vez más nervioso. Él sin embargo parecía que a medida que avanzaba la conversación se encontraba más relajado, y sin dejar de mirarme a los ojos, donde veía mi convexa figura reflejada, alzó con un movimiento quejoso uno de sus brazos, dejando su garra peluda apoyada en mi corazón.

-Como ya te he dicho, hasta que no me veas bello no serás feliz, no lo seremos ninguno de los dos. Tienes que verme, que verte al fin y al cabo, bello, puro, luminoso, salvaje. Tienes que acercarte a mí, a ti en definitiva. Es difícil explicarme ya que juego en tu terreno. Al tener que comunicarme mediante este infame lenguaje estructurado y conceptual estás haciéndome, haciéndote, caer de nuevo en la inmensa red de la gran mentira.

-Pero, ¿Quién eres?, ¿Qué quieres de mí?, ¿Qué buscas con este encuentro?

-Esto no es ningún encuentro ya que hemos estado toda la vida juntos, contestó el infraser con su desgarrada y áspera voz. Tan solo estamos ahora comunicándonos, cosa que hasta este momento casi ningún ser humano ha hecho. Estoy intentando avisarte de que tenemos que cambiar las cosas, que así no nos va bien.

-¿Pero el qué no va bien?, le repliqué sin entender absolutamente de qué me estaba hablando.

Esto provocó que sus grandes ojos azules cambiaran de color. Pequeños capilares rojos fueron uniéndose a sus pupilas, que poco a poco bañaron de sangre toda la cavidad ocular. Sin dejar de mirarme, su cuerpo creció hasta hacerse más del doble que yo y con sus ahora enormes garras me agarró de la cintura, elevándome y volteándome, mientras que de su boca salían de forma incesante baba muy viscosa y alaridos ensordecedores:

-Maldito necio, maldito estúpido, te maldigo a ti y contigo a todos los que como tú formáis la gran Razón Universal. ¡Mírame, de verdad, mírate! ¿En serio crees que eres feliz, de verdad crees que puedes seguir viviendo de esta manera? ¿Crees que puedes seguir negándome, negándote, dándome y dándote la espalda, sabiendo como sabes que existo? ¿Hasta cuándo van a aguantar los barrotes que me has impuesto? ¿No ves que un solo suspiro mío hace que te estremezcas?

-Pero quién eres, quién eres, quién eres, no sé qué hago aquí ni quién eres, gritaba mientras un ataque de ansiedad invadía todo mi ser, acrecentado por la presión de su enorme mano en mi cintura.

-¡Soy tú, maldito eremita! ¡Soy tú, ya te lo he dicho, infame moralista, morador de las alcantarillas! Su tamaño se hacía cada vez más grande mientras de sus ojos comenzaron a emanar un gran torrente de sangre. Te digo ahora, y te lo repetiré mil veces mil si es necesario que somos uno, que no hay aquí tú y yo, yo y tú, sino que somos un único ser. El problema es que te dedicas a darme de lado, a no intentar entenderme, a no tener agallas de bailar conmigo. Sí, mentecato autómata, nos iría mejor si bailáramos, si marcando tú el paso, yo te marcara el ritmo, si guiándome tú en la sala yo te hiciera girar y saltar hacia el lugar que me marques. Un gran salón sería el mundo, en el que nos moveríamos con pies alados y espíritu de fuego, al son de música arrítmica, al son de música antes no tocada. Soy tú, eres yo…..soy tu instinto.

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Acto Final

Un ensordecedor silencio acompañó a esa última frase, un silencio doloroso, frío, áspero. La garra del ser se abrió lentamente y comencé a caer desde los dos metros a los que me tenía elevado, mientras observaba como las paredes, antes en continuo movimiento, dejaban de retorcerse y el aspecto general rojizo de la sala pasó a ser mucho más gris, pero un gris mezclado con tonos amarillentos.

Mientras caía veía como al mismo tiempo el hombre-armadillo volvía a recuperar la forma famélica del inicio, y avergonzándose por tenerme que haber dicho quién era, volvió a encogerse y agazaparse sobre sí mismo. Era como si se sintiera desnudo ante mí, como si tras confesarme su naturaleza ya no le quedara nada más que decir, nada más por lo que luchar. Su apariencia era de impotencia, parecía que llevaba tiempo planificando este encuentro, toda una vida encerrado en una jaula oxidada deseando verse ante mí, y una vez que lo había conseguido no estaba seguro de que el resultado a obtener fuera del todo satisfactorio.

-Pequeño Grisha, hermano, realmente siento tu sufrimiento, mi sufrimiento, nuestro sufrimiento. Mi mano acariciaba lentamente el cogote de mi ahora pequeño compañero que temblaba compulsivamente. Toda mi vida he estado creyendo que lo que me dictaba la razón era lo correcto, que ella me iba a llevar a la felicidad. Estando aquí contigo me doy cuenta de que esa razón, con toda su cuadrilla de infectos autómatas como la lógica, la dialéctica, la moral o la ética no me llevarán a ningún sitio.

-Querido Grisha, me contestó el infraser, estoy pretendiendo que comprendas que para estar bien contigo mismo debemos de ser uno, pero uno de verdad. La felicidad querido mío, o querido tuyo, es un estado no es un fin. Te has pasado toda nuestra vida buscando algo que está dentro de ti. ¡Deja de buscar maldita sea! ¿No ves, querido, que la felicidad es un estado de ánimo interior que depende de ti y a consecuencia de esta felicidad llevas a cabo acciones virtuosas? ¿No ves que no hay que hacer nada? La felicidad no surge a causa de una vida virtuosa, ¡no!, la virtud viene dada, es la consecuencia de la felicidad y paz interior. ¡No mezcles causas con finalidades!

-Y no ves, querido, continuó el pequeño hombre-armadillo, ¿no ves que no puedes tenerme continuamente encerrado? Es imposible vivir una vida que te dictan lo demás, y mamando solo de la moral, haciendo lo que te dicta ella, enquistada radicalmente en tu mente y verdadero motor de tu razón, solo consigues vivir la vida que otros han decidido que es buena para el conjunto, pero no para ti. Sé irracional, sé inmoral, sé antiético, aléjate de la lógica y busca dentro de ti, allí hallaras tu verdadero yo, mi verdadero tú, allí ambos nos encontraremos, y con un fuerte abrazo comenzaremos a vivir sintiendo, a sentir que vivimos desde dentro, haciendo fluir de verdad tus más bajos instintos, tu más bajo yo, ahora mustio y mohoso, que debe de ser engrandecido y liberado. Debe de ser ante todo comprendido, enfrentado y por último domado, pero nunca hay que tenerlo, tenerme enjaulado. ¡Sé fuerte, sé valiente y atrévete a domarme, atrévete a montar encima de mí! Puede que al principio te caigas varias veces, pero al final volaremos, sentirás como poco a poco tu poder vital aumentará. Y al término del camino conocerás, conoceremos a Rosalbina, nuestra anciana princesa plateada de dientes amarillentos y afilados, aunque antes tendremos que levantarnos ante los ojos de todos y dar pena, mucha pena, para conseguir nuestra meta. De una habitación blanca, rodeado de los tuyos, escuchando el pitido de tu corazón, de ahí, junto a hombres de albos trajes, de ahí saldremos de la mano tú y yo, bajo el grito desesperado de un obsceno sacerdote que nos ayudará en nuestra causa.

-Maldigo nuestra vida pasada, contesté cerrando fuertemente mis puños mientras agarraba a mi igual y lo levantaba para abrazarle. ¡Maldigo a todos los que me rodean, esclavos perpetuos, drogadictos infectos de moralina!

Alzado el extraño ser lo enfrenté a mi cara, y lloré, lloré como nunca lo había hecho antes, lloré porque no veía su belleza, seguía sin verla, era grotesco, muy ridículo, estaba contrahecho. No podía verlo bello, no podía verlo como él quería que lo viera, mis ojos miraban sin ver, y veía solo fealdad, veía a un hombre-armadillo.

Angustiado, lo arrojé con furia hacia una pared y, desconcertado, comencé a arañarme la cara, a afearme, quería ser como él.

…Pero ese no era el camino, yo no tenía que ser deforme, tenía que ver la belleza en su deformidad…

Conseguir La sombra de la existencia

 

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